El mundo musical está nutrido de buenas intenciones. No se me ocurre otra profesión en la que se realicen tantas actividades benéficas, solidarias, proactivas… y sí, esto nos distingue. Pero, ¿vamos a vivir en una eterna promoción? o ¿dónde se halla el límite? y, lo más importante, ¿cómo afecte a nuestra actividad económica toda vez que se ha entendido que nuestra profesión es altamente cualificada?

Somos un sector muy proclive a este tipo de iniciativas: vender un producto por debajo de su valor propiciando (conscientemente o no) la eliminación de la competencia. A esta práctica se la denomina en la práctica comercial como dumping. Esta mala praxis dinamita toda posibilidad de asunción social y profesional.

¿Qué ocurre cuando un compositor ofrece gratis su música? A menos que se ajuste a un plan de marketing que se desarrollará ulteriormente en en forma de beneficio económico, resulta altamente deleznable. Lo mismo con directores que ofrecen cursos gratuitos con el afán de ser venerados en las redes sociales y, acaso, esperando una hipotética contratación. Pero olvidan que, en realidad, nadie que valore un trabajo profesional quiere nada gratis.

Un argumento que suelen utilizar quienes no contribuyen a la evolución salarial de los músicos es el de sostener que ya tienen un trabajo (plaza en conservatorio, instituto, orquesta, banda, coro…) y que, por tanto, no precisa de comercializar su trabajo porque no lo necesita pero que, en un ejercicio de onanismo pseudointelectual, aderezan su plática con un halo de generosidad.

Estos perfiles son los que en realidad entorpecen que la música sea un sector considerado como profesional. No hay que mirar muy alto, no hay que señalar despachos ni figuras políticas con responsabilidades culturales. Tampoco les eximiré de responsabilidad, claro está, pero en realidad, quienes verdaderamente perjudican al sector son los que ofrecen sus productos gratis.

Pero olvidan que, en realidad, nadie que valore un trabajo profesional quiere nada gratis.

Ofreciendo sus servicios gratis no solo perjudica a sus colegas de profesión que sí precisan de un salario económico además del emocional. No son conscientes que dinamitan su propio futuro, su propia credibilidad. Su marca personal queda dañada y, de paso, la del sector.

Si un compositor ofrece gratis su música, ¿por qué entonces alguien va a pagar a otro creador? Si un director ofrece sus cursos generosamente, ¿no está prostituyendo el concepto de generosidad al impedir a otros colegas que evolucionen y medren en su carrera profesional?

El precio y el valor deben formar una única entidad en nuestra capa de pensamiento como músicos. No participemos de lo gratis si no es para propiciar un precio acorde al verdadero valor de los músicos.

Juan F. Ballesteros
marketing musical