No hace mucho que los músicos eran venerados, aplaudidos y circunstancialmente valorados cuando se exhibieron gratis et more en los balcones de todo el país. En un trueque de irresponsabilidades se buscó la notoriedad con la falaz excusa de la solidaridad, mientras un público entregado jamás pagó un euro por acudir a los conciertos y actuaciones de los balcones y, lo que es peor, nadie después ha pagado por seguirlos.

¿Somos los músicos conscientes del deterioro que nos ha provocado como colectivo la pauperización de nuestros servicios? Más allá de colaborar en eventos benéficos para ayudar a causas nobles y necesarias recogemos el fruto de nuestra irresponsable vocación de ofrecer gratis nuestro trabajo cayendo en una absurda promoción ad aeternum (o ad nauseam) y contribuyendo por tanto a que la música se asociada a un mero entretenimiento ornamental.

Seguramente nos solidarizamos del menoscabo que hacia sanitarios, profesores y otros servicios esenciales han surgido durante la crisis pandémica. Nosotros también somos parte perjudicada pero lo somos por parte o culpa de nuestro propio gremio que ha antepuesto su propia arrogancia a la necesidad colectiva. No nos engañemos, no hubo sensibilidad social sino necesidad mediática.

¿Somos los músicos conscientes del deterioro que nos ha provocado como colectivo la pauperización de nuestros servicios?

Como estrategia de marketing, salir a los balcones tenía sus grietas toda vez que lo presentado como producto diferenciador debe mantener su interés en el tiempo. Por tanto, no se propició la continuidad aunque -quizá- tampoco se pretendía, lo que todavía socava más la posibilidad de trascendencia mediática.

La necesidad de agradar a toda costa tiene un espectro muy escaso de resultados. El impacto de lo nuevo es efímero. El impacto de la calidad de lenta aplicación pero con futuro. Los balcones se convirtieron en un desahogo para muchos músicos escasos, aquello a los que les importaba más el aplauso que su profesión.

Muchos, la mayoría, de ellos no tienen ninguna actividad musical en el ámbito profesional pero sí han conseguido algo: mermar la capacidad valorativa hacia los verdaderamente profesionales y que, obviamente, no necesitaron un balcón donde exhibirse.

La necesidad de agradar a toda costa tiene un espectro muy escaso de resultados. El impacto de lo nuevo es efímero. El impacto de la calidad es de lenta aplicación pero con futuro.

Todo ello ha conllevado una remontada pandémica más lenta, más especulativa y mucho más incierta puesto que el impacto de lo gratis ha tenido como consecuencia la indiferencia social hacia el hecho artístico.

Muchos músicos han transitado las barricadas para que hoy tengamos un mínimo de valoración y prestigio como gremio. Los que han estado en los balcones no han sido proactivos con el arte sonoro. Regalar es maravilloso. Regala tu arte, claro que sí. Pero no olvides que solo has de regalar lo que más valor tenga de modo que seas capaz de ofrecerlo posteriormente por su verdadero precio económico.

Juan F. Ballesteros
marketing musical