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Las redes sociales no venden

Si eres músico y quieres vender un producto no pongas toda la carne en el asador de las redes sociales. La forma que de comunicarnos en el sigo XXI ha cambiado radicalmente y los modos de exposición y promoción, por tanto, también. Pero, si prácticamente todo el planeta tiene una cuenta en Facebook o Instagram, por citar solamente las más populares, ¿porqué tu producto o servicio solo lo ven unas pocas personas?

Las redes sociales más populares solo tienen un objetivo: vender. Y es lógico, loable y, si no incurren en ilegalidad, es también ético. Si tenemos claro esto, nos debe sorprender poco todo lo demás. El algoritmo que utilizan estas páginas está programado para que el impacto mediático sea el menor posible. Aunque tengas cinco mil amigos en tu red favorita, apenas estás llegando a unas cuantas decenas. Si te fijas, a los de siempre.

De las barricadas a los balcones

No hace mucho que los músicos eran venerados, aplaudidos y circunstancialmente valorados cuando se exhibieron gratis et more en los balcones de todo el país. En un trueque de irresponsabilidades se buscó la notoriedad con la falaz excusa de la solidaridad, mientras un público entregado jamás pagó un euro por acudir a los conciertos y actuaciones de los balcones y, lo que es peor, nadie después ha pagado por seguirlos.

¿Somos los músicos conscientes del deterioro que nos ha provocado como colectivo la pauperización de nuestros servicios? Más allá de colaborar en eventos benéficos para ayudar a causas nobles y necesarias recogemos el fruto de nuestra irresponsable vocación de ofrecer gratis nuestro trabajo cayendo en una absurda promoción ad aeternum (o ad nauseam) y contribuyendo por tanto a que la música se asociada a un mero entretenimiento ornamental.

Altruismo o Dumping comercial

El mundo musical está nutrido de buenas intenciones. No se me ocurre otra profesión en la que se realicen tantas actividades benéficas, solidarias, proactivas… y sí, esto nos distingue. Pero, ¿vamos a vivir en una eterna promoción? o ¿dónde se halla el límite? y, lo más importante, ¿cómo afecte a nuestra actividad económica toda vez que se ha entendido que nuestra profesión es altamente cualificada?

Somos un sector muy proclive a este tipo de iniciativas: vender un producto por debajo de su valor propiciando (conscientemente o no) la eliminación de la competencia. A esta práctica se la denomina en la práctica comercial como dumping. Esta mala praxis dinamita toda posibilidad de asunción social y profesional.

Lo que la pandemia nos ha enseñado

Hace dos años no habíamos siquiera contemplado la posibilidad de un escenario tan nefasto como el vivido por la crisis socio-sanitaria provocada por del covid-19. Nos las prometíamos muy felices. La economía, más allá de sus cíclicos vaivenes, crecía. Avanzábamos a través del vórtice vital que nos conducía hacia nuestros anhelos. Súbitamente, con el latigazo que impone la realidad, todo se truncó.

Mirando con la perspectiva y serenidad que ofrece el tiempo, contemplamos la capacidad de resistencia que hemos tenido. ¿Seríamos capaces de enfrenarnos de renuevo a una situación similar? Con la mirada distópica, sin duda, tenemos la certeza de que no. Pero nos queda el aprendizaje o, quizás, solamente posibilidad de mejora.